Debo reconocer algo:
la respuesta a esta propuesta ha sido mucho mayor de lo que imaginaba.
A solo unos días de publicada, la idea ha generado ya cerca de 20 mil visualizaciones:
Y quizá lo más interesante no son solamente los números.
Es la conversación.
Los comentarios.
Las opiniones encontradas.
La discusión histórica.
Las personas a favor.
Las personas en contra.
Hay algo importante que debo señalar:
la mayoría de los comentarios recibidos han sido positivos y favorables a la idea.
Incluso, muchas personas han escrito y manifestado su interés en que efectivamente se coloque la figura de Santa Anna en el Centro Histórico.
Eso confirma algo que quizá algunos no esperaban:
el tema sí despertó interés ciudadano.
Y corrobora algo importante: la historia sigue viva.
Hace algunos años ocurrió algo parecido en Tampico.
Cuando se colocó la figura de Porfirio Díaz en el balcón del Edificio Mercedes, también hubo críticas, cuestionamientos y polémica.
Muchos se preguntaban:
“¿Por qué Díaz?”
“¿Por qué ponerlo ahí?”
“¿Qué sentido tiene?”
Sin embargo, el tiempo hizo su trabajo.
Hoy esa figura forma parte natural del paisaje del Centro Histórico.
Miles de visitantes la observan, la fotografían y preguntan por ella cuando recorren la Plaza de la Libertad.
Y ocurrió algo interesante:
La ciudad no se dividió.
La historia no se derrumbó.
Tampoco se convirtió aquello en una adoración política.
Simplemente se convirtió en una marca urbana e histórica.
Eso mismo ocurrirá con la figura de Santa Anna.
No se trata de homenajear ciegamente a nadie.
Se trata de reconocer que la historia de las ciudades también se cuenta desde sus espacios, sus símbolos y sus personajes incómodos.
Las ciudades modernas del mundo hacen exactamente eso:
dialogan con su pasado.
Y Tampico tiene historia suficiente para hacerlo.
Además, hay algo importante:
este proyecto no requiere recursos públicos.
Como ocurrió con la figura de Díaz en 2007, debe realizarse mediante participación privada:
Uno o varios empresarios que impulsen la pieza artística y un propietario que permita su colocación en algunos de los inmuebles colindantes a la Plaza de la Libertad.
Con eso se deja algo muy claro:
no se trata de una obra gubernamental ni de una decisión oficial del Estado.
No habría razón para señalar o responsabilizar a ningún gobierno —municipal, estatal o federal—, porque la escultura pertenecería a un ciudadano particular y estaría ubicada en una propiedad privada, exactamente como sucede actualmente con la figura de Porfirio Díaz.
En el fondo, eso vuelve el proyecto todavía más sólido y natural.
Cualquier ciudadano tiene derecho a expresar, preservar o representar dentro de su propiedad privada los símbolos, personajes o referencias históricas que considere importantes.
Y en este caso, más que imponer una visión oficial, lo que existiría sería una expresión urbana, histórica y cultural nacida desde la propia sociedad civil.
Así nació la figura de Porfirio Díaz.
Y hoy ya forma parte de la identidad visual y turística del Centro Histórico.
Por eso creo que la discusión no debería centrarse en si alguien ama u odia a Santa Anna.
La verdadera pregunta quizá es otra:
¿Tampico está preparado para dialogar con toda su historia… o solamente con la parte cómoda?

