Director: Eduardo Vizcarra Cruz

viernes 17 de abril de 2026

Se fue el Doc… a los 104 años. Más que un médico del Cascajal en Tampico, fue refugio, confianza y esperanza durante más de 50 años.

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A los 104 años falleció el doctor Fernando Salazar, una figura entrañable del barrio del Cascajal en Tampico. Pero su historia no se mide en años… se mide en vidas tocadas.
El Doc
Dios le dio mucha vida… porque el Doc sabía vivirla.
No es lo mismo estar que vivir.
Y él, vivió.
Ayer se fue mi tocayo, el doctor Fernando Salazar. Sus ciento cuatro años representan mucho más que una cifra; simbolizan un legado invaluable.
He conocido a mucha gente en la vida.
Miles.
Buenos, valiosos, entrañables.
Hombres y mujeres que dejaron algo.
Pero hay algunos —muy pocos— que no solo pasan por la vida… la marcan.
El Doc era uno de ellos.
Un personaje irrepetible.
De esos que no se explican… se sienten.
Veintiocho años mayor que yo… y, sin embargo, siempre hablamos como iguales.
Como amigos. Como cómplices.
En mi familia, dos de mis hermanos se unieron a la suya. Pero la verdad es que yo también terminé formando parte de su mundo… y no fui el único: fuimos muchos.
Y vaya mundo.
Siempre le decía, en broma —aunque no tan en broma—, que los Salazar eran silvestres.
Que estaban en todas partes.
Que movías un mueble… y aparecía un Salazar.
Cambiabas un cuadro… otro más.
Levantabas una piedra… igual.
Y si uno se metía al mar… seguro también salía un Salazar.
Y lo increíble no era que fueran muchos… sino que los conocía a todos.
Por su nombre, por su historia, por su lugar en la vida. Y a todos les daba su lugar.
Así era.
Con los suyos… y con los míos.
Nunca olvidaba a mis hijos. Nunca dejaba de preguntar. Nunca dejaba de estar.
Porque el Doc no solo estaba presente… hacía presente a los demás.
Compartimos muchas cosas. Muchas risas. Muchos tequilas.
Le hacía chicharrones con salsa de habanero… y los disfrutaba como si la vida se le fuera en cada bocado.
A veces me reclamaban que no debía consentirlo así… pero ¿cómo negarle a alguien que entendía tan bien la vida… el gusto de vivirla?
Tenía conmigo un trato especial.
Eso me gusta pensar.
Pero la verdad es que así era con todos.
Y todos pensábamos lo mismo.
Y todos teníamos razón.
Durante más de medio siglo fue médico en el barrio del Cascajal. Pero no era solo médico: era refugio, era confianza, era alivio… era esperanza.
A muchos les curó el cuerpo. A otros… la vida.
Y a muchos más… les devolvió la dignidad sin pedir nada a cambio.
Su amada Elvia se le adelantó. Pero nunca se fue del todo… porque en él seguía viviendo.
Formaron una familia que no solo creció… se multiplicó en cariño. Hijos, nietos, bisnietos… y todos los que, sin llevar su apellido, también eran suyos.
El tenis, el golf, la pesca… sí, le gustaban. Pero lo que verdaderamente le apasionaba… era la gente. La conversación. La risa. El encuentro.
El Doc no acumuló años… acumuló vida.
Y nos dejó algo que no se aprende en libros:
La entereza sin estridencia.
La bondad sin anuncio.
La amistad sin condiciones.
La sencillez sin esfuerzo.
La alegría como decisión.
Y, sobre todo… nos enseñó a querer.
A querer de verdad.
Hoy duele despedirlo. Claro que duele.
Pero también hay una certeza profunda, serena: Hay vidas que no terminan… solo se transforman en memoria.
Y el Doc… ya es memoria viva.
De esas que no se olvidan. De esas que se vuelven historia y se cuentan.
De esas que hoy escuche por todos lados:
“Qué bonita vida llevó… hasta el último suspiro.”
“Un hermoso ser humano que disfrutó la vida hasta sus últimos días.”
“El Doc vivió 104 años llenos de alegría, cariño y ejemplo.
Hoy se reúne con su querida Elvia”.
“Nos deja un gran vacío… pero también un legado que seguirá vivo en todos nosotros”.
“Lo vamos a extrañar mucho”.
Hoy está donde tiene que estar: en paz. En la presencia de Dios.
Y, sin duda, de nuevo al lado de Elvia.
Y me lo imagino —porque así era— llegando allá como llegó siempre a todas partes: saludando a todos por su nombre, haciendo amigos, y armando conversación.
Porque incluso en la eternidad… el Doc no va a pasar desapercibido.
Descansa en paz, querido Doc.
Gracias por tanto… pero sobre todo, gracias por enseñarnos que vivir…
vale la pena.
Y sé que, si pudiera encontrarmelo de frente, me soltaría —con esa sonrisa suya—:
“Oye cabrón… ¿en dónde te metes tocayo? Hace mucho que no te veo”.
Y entonces todo volvería a ser como antes…
Cómo voy a extrañarte, Doc.

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