En la política mexicana hay ausencias que no son solo físicas. Son vacíos que atraviesan el tiempo, que erosionan instituciones y que dejan una pregunta incómoda: ¿quién responde cuando el poder se esfuma?
El nombre de Manuel Muñoz Rocha sigue siendo, tres décadas después, una herida abierta. Señalado como autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu —uno de los crímenes políticos más emblemáticos del México contemporáneo—, su desaparición no solo fue física. Fue institucional.
Nunca apareció.
Nunca fue juzgado.
Nunca se cerró el caso con certeza.
Y en esa ausencia, el sistema político de los años noventa dejó ver su rostro más opaco: un entramado donde la justicia podía diluirse entre intereses, complicidades y silencios.
No fue un caso aislado. Fue un síntoma.
Hoy, el país observa otro episodio que, aunque distinto en naturaleza, activa reflejos similares: la incertidumbre en torno a Rubén Rocha Moya, quien tras solicitar licencia a su cargo ha quedado fuera del radar público en medio de señalamientos y tensión política.
Aquí conviene ser precisos.
No estamos ante un caso equiparable en términos penales ni históricos. Pero sí ante un patrón que incomoda: figuras de alto nivel que, en momentos críticos, se vuelven ausentes.
Y en política, la ausencia también comunica.
Comunica vacío de información.
Comunica falta de control narrativo.
Comunica incertidumbre institucional.
La diferencia entre el México de los noventa y el actual es evidente en muchos aspectos: hay mayor escrutinio público, más presión mediática, más herramientas de transparencia.
Pero hay algo que persiste.
La dificultad para cerrar los casos con claridad.
Porque cuando un actor político desaparece del escenario —sea por fuga, estrategia o silencio—, lo que queda no es solo la duda sobre esa persona. Es la duda sobre el sistema que lo rodea.
En el caso de Muñoz Rocha, el tiempo convirtió la incertidumbre en símbolo de impunidad.
En el caso de Rocha Moya, el presente convierte la falta de información en terreno fértil para la especulación.
Y ese es el verdadero riesgo.
No solo lo que ocurrió o ocurre, sino lo que no se explica.
Porque en política, el vacío nunca se queda vacío. Se llena de versiones, de sospechas, de narrativas que, con o sin fundamento, terminan moldeando la percepción pública.
El Estado, en cualquier época, tiene una responsabilidad básica: ofrecer certeza.
Cuando no lo hace, pierde algo más que control. Pierde credibilidad.
Y México, hay que decirlo, arrastra una larga historia donde la verdad tarda… o nunca llega.
Por eso la comparación no es sobre culpabilidades.
Es sobre señales.
Sobre lo que significa que, en distintos momentos de la historia, personajes clave desaparezcan del foco justo cuando más se requiere claridad.
Porque al final, más allá de nombres y contextos, la pregunta sigue siendo la misma:
¿Quién responde cuando el poder se ausenta?