Director: Eduardo Vizcarra Cruz

jueves 01 de enero de 2026

A la memoria de Carlos Manzo,

Facebook
X
WhatsApp
Email
Print
A Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, lo asesinaron frente a su familia, en una ceremonia del Día de Muertos. Y hoy no alcanza la resignación.
A la memoria de Carlos Manzo,
Presidente Municipal de Uruapan, Michoacán,
asesinado frente a su familia y sus hijos
mientras honraba la vida y la memoria en una ceremonia del Día de Muertos.
En lo que va del año he despedido a varios amigos. La muerte —esa sentencia que ningún ser humano puede apelar— se los llevó sin permiso, sin explicación suficiente. Sentí tristeza, mucha; pena, demasiada. Algunos partieron antes de tiempo; otros simplemente cumplieron el ciclo que nos impone la vida. Y aunque duele, lo acepté: así es la existencia, así opera su ley implacable. Pero hoy no.
Hoy no puedo resignarme. Hoy se fue alguien que no era mi amigo ni mi conocido, alguien a quien apenas seguí de lejos, pero cuya presencia encendía algo bueno, algo difícil de nombrar y fácil de sentir. Un mexicano que tocaba fibras profundas, que lograba —sin proponérselo— que muchos creyéramos, aunque fuera por instantes, que todavía hay luz, valor y esperanza en medio de tanta oscuridad nacional. No era un amigo, pero su partida me dolió como si lo fuera. Me sorprendía que, cada vez que lo veía, sentía respeto, esperanza, algo difícil de explicar en tiempos en los que casi nada inspira.
Hoy, ante su partida, ya no me basta la resignación. Hoy no acepto, no justifico y no callo. Quiero entender por qué la muerte sigue rondando nuestro país de esta forma; por qué seguimos perdiendo voces que iluminan mientras sobrevivimos a la violencia que devora, calla y somete. Hoy señalo y protesto: esto no puede seguir así.
No puedo decir “así es la vida” y seguir adelante. Hoy siento rabia, siento impotencia. Siento que algo sucio, oscuro, ajeno a lo natural, está arrebatándonos gente que representa lo mejor de nosotros. Y mientras tanto seguimos contando muertos en un país donde la muerte ya parece rutina, donde la resignación se volvió costumbre, donde cada pérdida deja la sensación de que algo más profundo se está rompiendo.
Hoy me rebelo. Contra la muerte, sí. Pero también contra esta realidad torcida que nos ha robado la tranquilidad, la seguridad y hasta la capacidad de asombro. Hoy no quiero callar ni resignarme. Hoy digo que duele, que indigna y que no es normal. Porque no lo es.
Porque cuando matar a un hombre bueno se vuelve posible, callar es volverse cómplice.
QEPD

PUBLICIDAD