La realidad hídrica del norte de Tamaulipas es alarmante. La Presa Internacional Falcón apenas alcanza un 3 por ciento de su capacidad, equivalente a sólo 40 millones de metros cúbicos, uno de los niveles más bajos registrados en los últimos años. El dato no es técnico ni aislado: es político, estratégico y profundamente preocupante.
Así lo advirtió el secretario de Recursos Hidráulicos del estado, Raúl Quiroga Álvarez, al reconocer que la región enfrenta una de las peores sequías de su historia reciente, misma que ha impedido la recuperación de al menos dos de las cuatro presas del sistema regional.
A este escenario se suma la Presa Internacional La Amistad, con apenas 10 por ciento de almacenamiento (179 millones de metros cúbicos), y la Presa Las Blancas, con 27.7 por ciento, apenas 23 millones de metros cúbicos disponibles.
Este panorama se vuelve aún más crítico cuando, pese a estas cifras, México iniciará la entrega de más de 249 millones de metros cúbicos de agua a Estados Unidos, principalmente desde la presa El Cuchillo, en Nuevo León, al no poder cumplir con el compromiso desde las presas internacionales prácticamente vacías. La pregunta es inevitable: ¿cuánto margen real tiene el norte del país para seguir entregando agua cuando sus propias reservas están al límite?
Quiroga Álvarez explicó que, en materia agrícola, el impacto será desigual. Mientras el Distrito de Riego 026, abastecido por la presa Marte R. Gómez, no enfrentará problemas para el próximo ciclo de sorgo y maíz, el Distrito 025 sí presenta complicaciones serias, reflejo de una sequía que golpea directamente a la productividad del campo fronterizo.
El funcionario destacó que el Distrito 026 —que irriga municipios como Mier, Miguel Alemán, Camargo, Díaz Ordaz, Reynosa y Río Bravo— se encuentra en proceso de modernización, lo que ha permitido mitigar riesgos. Sin embargo, esta excepción no cambia el diagnóstico general: el sistema hídrico regional está estresado, fragmentado y operando al límite.
Desde el discurso oficial se insiste en que el abasto de agua para consumo humano está garantizado para municipios de la llamada frontera grande, incluidos Reynosa, Matamoros y Nuevo Laredo. El mensaje busca tranquilidad, pero no disipa la preocupación de fondo: garantizar hoy no significa asegurar mañana, especialmente cuando las presas no se recuperan y el cambio climático agrava cada ciclo.
El contraste es brutal. Por un lado, presas internacionales casi vacías; por otro, el inicio de entregas masivas de agua a Estados Unidos en cumplimiento de un tratado firmado hace más de 80 años, bajo condiciones climáticas radicalmente distintas a las actuales. Cumplir sin renegociar, sin debatir y sin transparentar costos internos es una decisión política, no solo administrativa.
Tamaulipas vive una paradoja hídrica peligrosa: se le pide resistir, ahorrar y adaptarse, mientras el país sigue comprometiendo volúmenes de agua que ya no sobran. La sequía no es coyuntural; es estructural. Y frente a ella, la política del agua exige algo más que promesas de abasto garantizado: exige defensa del interés regional, planeación de largo plazo y una diplomacia hídrica que entienda que el agua también es soberanía.