Director: Eduardo Vizcarra Cruz

martes 21 de abril de 2026

Yo pensé que ahí terminaba la historia… Me equivoqué. PARTE II

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PARTE II
El coraje no se disuelve.
Se guarda.
Se cocina despacio.
Dicen que la venganza es un plato que se come frio.
En 1990 era Administrador de la Aduana de Tampico.
Ni ahí perdí la costumbre de reunirme con los amigos los viernes por la tarde. Salvo compromisos ineludibles, jamás faltaba a la botana. Siempre he pensado —y sigo pensando— que es una sana costumbre: ayuda a soltar tensiones, a reír por simplezas y a desconectarse, aunque sea por un rato, del mundo real.
Durante mi tiempo como alcalde, las exigencias inevitables del cargo me privaron de muchos de esos momentos sencillos e indispensables.
Siempre antepuse el trabajo a lo demás.
Ese viernes 12 de octubre llegué, después de las tres de la tarde, al restaurante de siempre. Los mismos amigos. Los de siempre.
Estaba relajado, a gusto, cuando desde la caja —donde estaba el teléfono— me avisaron de una llamada urgente.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Detuvieron a Rosa. La tienen en la agencia del Ministerio Público Federal.
—¿Pero cómo? Pregunté si ya habían avisado a mi hermano, el abogado. Sí le avisaron, pero cuando llegó, también lo retuvieron.
—Voy para allá.
En ese instante entendí que el coraje había vuelto.
No como enojo, sino como venganza.
Y no solo contra mí, sino contra mi familia.
Sin pensarlo, caí en la trampa.
No era una investigación.
No era justicia.
Era un ajuste de cuentas.
Serían alrededor de las seis de la tarde cuando me estacioné en la calle Sauce, a la vuelta de las oficinas del Ministerio Público Federal. Subí las escaleras —el edificio estaba en un segundo piso—, abrí la puerta…
y de inmediato dos policías me sujetaron.
Tenían más aspecto de delincuentes que de autoridad.
Las armas visibles en la cintura intimidaban a cualquiera.
Alcancé a ver a mi hermana Rosa María sentada frente a un escritorio. A su lado, de pie, su marido.
Siempre los consideramos personas buenas, inofensivas. Su bonhomía y su don de gentes los hacían queridos por todos. Gente incapaz de hacer daño.
A mi hermano no lo vi.
Había sido el primero en llegar. Como abogado, se presentó para saber de qué se trataba la detención. Pero apenas cruzó la puerta, lo inmovilizaron también.
Me trasladaron a una oficina, ahí quede solo, totalmente indefenso.
Pasaron más de treinta minutos. Cuando por fin apareció un agente del Ministerio Público, lo hizo con arrogancia, sin disimular el desprecio.
—Aquí estás, cabrón. De esta no te vas a escapar.
Mi familia operaba cuatro franquicias de renta de películas, unas de las más famosas del país. Era una empresa seria, con estructura en todo México, ligada a otras compañías grandes y con oficinas centrales en Ciudad de México.
Ese viernes, mi hermana Rosa llegaba al local de la franquicia que atendía en Ciudad Madero. Apenas bajó del auto, unos agentes de la entonces Policía Judicial Federal la pararon en seco. Sin explicaciones ni papeles, la metieron a una patrulla y la llevaron a la agencia del Ministerio Público, en la avenida Hidalgo, en Tampico.
La acusación resultaba absurda: alquilar películas pirata.
Tan ilógica como reveladora. Cuando no hay delito, se inventa uno.
La piratería, paradójicamente, era la mayor competencia de ese negocio. Nada tenía menos sentido.
—Le vamos a hacer una prueba de alcoholemia porque viene en completo estado de ebriedad —me dijo un policía.
—No es cierto. Yo no vengo así —respondí.
—Cállese, hijo de la chingada.
Entró un doctor con bata blanca. Su rostro se me hacía conocido, pero no me acordaba del nombre. Él sí me ubicó de inmediato… y evitó mirarme a los ojos. Se le notaba la pena. Sabía perfecto lo que estaba haciendo, pero era el médico de la procuraduría y tenía que obedecer para no perder el trabajo.
Me tomó una muestra de sangre y salió casi de inmediato.
Al cerrar la puerta, sentí el metal frío de una pistola presionada en mi sien izquierda y al mismo tiempo me entregaron un bolígrafo.
—Firme.
El acta decía que yo había llegado borracho. Que rompí el vidrio de la puerta para entrar. Que amenacé al personal. Que me resistí al arresto. Que destrocé mobiliario y equipo de la oficina.
Todo falso. Pero estaba escrito.
Al principio me negué.
Afuera alcanzaba a escuchar discusiones. Personas que alegaban. Otras que llegaban a abogar por nosotros.
Nada marchaba bien para nadie.
Uno de mis hermanos logró comunicarse con los abogados del corporativo en la Ciudad de México. Ellos ofrecieron estar en Tampico al día siguiente, o sea, a primera hora del sábado, para recibir las denuncias y exigir explicaciones por la detención de mi hermana.
Mientras tanto, dentro de la oficina, seguían amenazándome. Me advertían que no saldría vivo de ahí. Que podían simular una fuga. Que ahí mismo me iban a “quebrar”.
Empecé a sentir miedo.
Y a creer que eran capaces de eso… y de más.
Cerca de las nueve de la noche me acercaron un teléfono.
—Le va a hablar el señor subprocurador.
Tomé el auricular.
—Bueno.
Una voz grave, áspera, de fumador empedernido, habló del otro lado:
—Ya déjese de pendejadas. Firme las actas y lo van a dejar ir.
—Sí, señor —respondí.
—Además, quiero platicar con usted. Lo espero el próximo miércoles aquí, en la Ciudad de México, en mi oficina, a las cuatro de la tarde.
—Sí, señor. Por ahí estaré.
—Acá lo espero.
Colgó.
Firmé sin saber exactamente qué. Lo único que me reconfortaba era la invitación del subprocurador a platicar: cinco días después, cara a cara.
Al salir, también salieron mis hermanos. Supe entonces que los abogados de la empresa, en la Ciudad de México, habían hablado directamente con el Procurador General de la República. Exigieron la libertad inmediata de todos y un alto a los abusos del Subprocurador, sus Agentes del Ministerio Público y de la entonces Policía Judicial Federal
Al dejar las oficinas, noté un cambio. Ya no estaban tan agresivos. Algo había pasado. Alguien les había llamado la atención.
El miércoles tomé el primer vuelo a la capital del país. Sin celulares que avisaran, las noticias viajaban lentas. Uno se enteraba de las cosas a veces días después de que habían ocurrido.
Llegué a las oficinas de la PGR a las tres cuarenta y cinco. En la entrada me pidieron identificación y preguntaron a quién iba a visitar.
—Al subprocurador general de la República.
El guardia levantó la vista.
—No, señor. Él ya no está aquí. Hoy por la mañana tomó posesión el nuevo subprocurador. ¿Gusta que lo anuncie?
Ahí lo entendí todo.
Nuestra detención ocurrió el viernes 12 de octubre. El sábado y el domingo pasaron en silencio, sin respuestas ni explicaciones. El lunes 15, al iniciar la semana, el subprocurador recibió la orden de entregar la oficina. Esa misma noche le notificaron su nuevo nombramiento como jefe de la Procuraduría Federal del Consumidor. Dos días después, el miércoles 17 por la mañana —el día de mi cita— se realizó la entrega-recepción formal de la Subprocuraduría General de la República, encargada de la lucha contra el narcotráfico.
La confirmación pública llegó después. El Los Angeles Times del 16 de octubre de 1990 informó que había sido removido de su cargo desde el lunes. Su nuevo puesto se presentó como una promoción, aunque en los hechos implicaba menos poder.
No fue una promoción. Fue una remoción encubierta.
Ellos quisieron vengarse.
Y, sin saberlo, aceleraron su propia caída.
A veces la historia no absuelve…
pero ajusta cuentas.
Lo cierto es que ocurrió en los días posteriores a aquellos hechos.
Han pasado los años, pero esta historia dice más de ellos que de mí.
El resto vino solo.
Ese día fue horrible, la libramos… y al final los vencimos.

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