Director: Eduardo Vizcarra Cruz

miércoles 31 de diciembre de 2025

Ya se chingo… pensé.

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UNA OBRA QUE CASI SE DETIENE… Y UNA CIUDAD QUE SE NEGÓ A RETROCEDER .Crónica de una decisión que cambió el Centro Histórico de Tampico.
Eran los primeros meses de 1995. El país vivía las secuelas del llamado “error de diciembre”, una crisis económica que nos tenía a todos en vilo. Una mañana, mi secretaria me avisó que habían llamado de la empresa ICA: querían invitarme a una reunión-comida en sus oficinas centrales de la Ciudad de México. La invitación, tan atenta como inesperada, activó en mí una alarma interior. Algo importante se escondía detrás de tanta cortesía.
No era común que una empresa como ICA me buscara nomás para comer. Y yo tenía bastante claro lo que traían entre manos: la Plaza de la Libertad. Ellos tenían un compromiso serio con el municipio dentro del rescate del Centro Histórico, que estábamos empeñados en renovar por el ruinoso estado en que se encontraba. Lo que un día fue el corazón de Tampico, llevaba años cayéndose a pedazos.
Desde mediados del siglo pasado, la Plaza de la Libertad empezó a perder gran parte de su esplendor original. El corazón histórico de Tampico se había convertido en una «zona roja», insegura y caótica, dominada por el transporte público y marcada por el deterioro urbano.
Aquel lugar emblemático era ahora una triste sombra de su pasado, en donde alguna vez se alzaron majestuosos edificios de arquitectura única, rodeados de comercios que fueron pilares del dinamismo económico de la ciudad.
Para finales de los ochenta, la situación era insostenible. Las autoridades tomaron conciencia y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) catalogó la zona como patrimonio histórico protegido. Gracias a esto fue posible iniciar la recuperación del área.
En 1993, poco después de iniciar mi gestión como alcalde de Tampico, pusimos en marcha la restauración del Centro Histórico. Queríamos reforzar en los tampiqueños su sentido de identidad y devolverle al puerto el esplendor y la belleza que representaban el esfuerzo de las generaciones que nos precedieron.
Debo confesar que, en un inicio, el plan no contemplaba la construcción de un estacionamiento subterráneo. Fue quizá la suerte —o una feliz coincidencia— la que lo trajo al proyecto. La ciudad pedía a gritos soluciones para el caos vial en la zona sur, cercana al muelle del puerto y a los mercados municipales. Y casi como si el destino nos echara una mano, un grupo de empresarios del Grupo ICA, de la Ciudad de México, solicitó una cita para presentarnos una propuesta.
Desde ese primer encuentro supe que lo que planteaban no solo era viable, sino también urgente: construir un estacionamiento subterráneo justo debajo de la Plaza de la Libertad, como parte integral del rescate del Centro Histórico.
Mostré gran interés, pero fui claro: las obras ya habían comenzado y la decisión debía tomarse de inmediato. Una semana después regresaron con una propuesta concreta: un estacionamiento de dos niveles con capacidad para 452 vehículos. ICA asumiría la inversión y, mediante un contrato de concesión, administraría el estacionamiento durante 30 años, al término de los cuales pasaría a manos del municipio.
La propuesta me entusiasmó, pero antes de cerrar el trato, les pedí que ICA también financiara, sin costo para el municipio, la construcción completa de la nueva Plaza de la Libertad. Aceptaron sin dudarlo.
Como suele pasar cuando uno intenta hacer algo distinto, no faltaron las resistencias. Algunos regidores —a quienes yo solía decir que estaban “en contra de todo y a favor de nada”— se opusieron abiertamente. En especial el regidor Juan Salem, quien me acusó públicamente de «hipotecar la ciudad» y hasta «de vender la Plaza de la Libertad».
También hubo reclamos de algunos grupos empresariales locales, que argumentaban que se debió invitar a inversionistas tampiqueños. Pero cuando se les ofreció participar, ninguno quiso asumir el riesgo.
La polémica creció rápidamente, con intensas críticas en la prensa y un ambiente hostil. Todos opinaban. Algunos a favor. Muchos, en contra. Las jaibas en la cubeta, como suele decirse: cuando una intenta salir, las otras la jalan para abajo.
Los recursos para remodelar el Centro Histórico venían del Programa Nacional de Solidaridad. El esquema era claro: los comités ciudadanos ponían el 50 %, y el otro 50 % lo aportaba el Gobierno Federal. Recuerdo que dos propietarios de inmuebles se negaron a participar. Al final lo hicieron, pero con sus propios recursos.
Y como si todo eso no fuera suficiente, la economía se vino abajo. A inicios del siguiente año, el peso se desplomó, la inflación rebasó el 100 %, y muchas empresas apenas lograron mantenerse a flote. Por supuesto, esa tormenta también golpeó al proyecto del estacionamiento subterráneo.
Y en plena crisis, llegó la llamada desde la Ciudad de México: la invitación a comer en las oficinas centrales de ICA. Apenas colgué, me dije a mí mismo: ya se chingó… van a parar la obra. Acepté, claro, y le pedí al secretario del Ayuntamiento que me acompañara.
La recepción fue impecable. Nos llevaron —directamente, o al menos eso parecía— al último piso. Todo indicaba que nos esperaban en una sala de alto nivel: un comedor elegante, montado para cinco personas, con todos los detalles cuidados. El exceso de atenciones dejaba claro que venía algo serio.
Una señorita, muy educada y amable, nos ofreció algo de beber, destacando las virtudes de un tequila al que atribuía cualidades casi como el mejor del mundo porque se los hacían especialmente para ellos. Le agradecí la cortesía y pedí únicamente agua natural.
Me acerqué al secretario y, en voz baja, le dije:
—Nos están preparando la cama… van a decirnos que la obra se suspende.
En ese momento llegaron nuestros anfitriones. El director general no asistió. En su lugar, nos recibió el subdirector. ¿Qué nos ofrecieron de comer? No me acuerdo, pero sí recuerdo bien esos momentos: ellos y nosotros, amables pero tensos.
Tras el primer tiempo de la comida, el subdirector fue directo al punto: Nos explicó que, tras una reciente reunión del consejo de ICA, y ante la crisis económica del país, la empresa había decidido suspender temporalmente la construcción del estacionamiento. No estaban en condiciones de seguir inyectando recursos mientras la situación nacional no se estabilizara.
No lo deje terminar. Reaccioné de inmediato. No sé si golpeé la mesa, pero hablé con toda la firmeza que la situación requería. No por enojo, sino por profunda preocupación. Una suspensión en ese momento habría significado dejar un enorme agujero en plena plaza: una obra inconclusa que afectaría gravemente al comercio del centro. Y además, sería el argumento perfecto para quienes se opusieron al proyecto desde el principio.
—Un momento —dije, subiendo el tono por la tensión—. Con ustedes hice un trato de palabra, de hombre a hombre. No hubo extorsiones, ni “moches”, ni comisiones. Ustedes mismos me lo reconocieron y agradecieron. Esta concesión se les otorgó con total transparencia y buena fe, porque creemos —y seguimos creyendo— que este proyecto es por el bien de Tampico. Y porque una alianza con ICA, además de su capacidad técnica, representaba también un honor.
Hoy no les pido… les exijo que cumplan, que honren el compromiso que hicieron. Como lo haría cualquier empresa seria. Como lo harían hombres de palabra.
Se hizo un silencio denso. Los tres directivos se miraron entre ellos, visiblemente sorprendidos por mi postura.
Finalmente, el subdirector volvió hacia mí y dijo:
—No nos dejas alternativa. La obra no se va a suspender.
Al escuchar esas palabras, recordé el tequila que me ofrecieron al llegar. Sonreí, y con un tono relajado les dije:
—Cuando llegué, me ofrecieron un tequila que según esto es una maravilla… ¿Me podrían invitar uno doble, por favor?
Ese día no sólo salvamos la obra, sino también la dignidad del acuerdo alcanzado. La relación con ICA mejoró notablemente.
El 14 de diciembre de 1995, el presidente de la República, doctor Ernesto Zedillo, visitó nuestra ciudad para inaugurar oficialmente los trabajos de restauración del Centro Histórico, el estacionamiento subterráneo y la remodelación de la Aduana Marítima de Tampico —tres obras especialmente significativas para mí, pues tuve el privilegio de iniciarlas. Fue, sin duda, un día que nunca olvidaré: un sueño que me tocó hacer realidad, un compromiso cumplido con la ciudad y un legado para su historia.
Hoy han pasado 30 años, y el estacionamiento de la Plaza de la Libertad es propiedad plena del municipio. Es una obra que jamás habría podido concretarse con recursos municipales solamente. Hoy es uno de los principales y más valiosos activos de la ciudad, fruto de la visión, de la decisión de actuar y de una colaboración efectiva con la iniciativa privada.
Hacer que Tampico avance nunca ha sido fácil. Pero esta historia demuestra que, cuando se suman voluntades y se actúa con firmeza y convicción, los resultados no solo se alcanzan: se quedan. Y trascienden.
Sé que hoy en día hablar de logros puede despertar dudas. Pero tras el paso de los años de aquella obra, creo que es justo contarla tal como fue. Porque hay historias que, por la huella que dejan en nuestra ciudad, vale la pena que quede por escrito.
Esta es una historia de éxito para Tampico!
Y a quién no le gustan los finales felices?

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