
Durante mi infancia en Tampico no había aeropuerto; la costumbre era llamarle “la aviación”. Recuerdo que mis padres nos llevaban a ver los aviones y a comer un riquísimo “pay” de plátano en el café que ahí existía, atendido por una persona de origen chino.
Tampoco había farmacias; existían boticas, y mucho menos existían los Oxxo, pero había las famosas “tienda de la esquina”. Se usaban otros términos para identificar cosas y lugares: por ejemplo, en lugar de refrigeradores había neveras; automóviles, ni pensarlo, pero coches sí había muchos. Ir en sentido contrario era algo desconocido, pero «ir en contra ruta» nos era muy familiar.
Cada pueblo o región, a lo largo de su historia, utiliza su propia manera de comunicarse y construye con el tiempo su memoria colectiva. Tampico no escapó de ello, con su muy peculiar forma de llamar a lugares y cosas. Esta forma de expresarse da a los pueblos y ciudades una personalidad que los distingue de los demás, les otorga identidad e historia y pertenencia.
Expreso esta reflexión porque, cuando era niño, Tampico no tenía puerto; no era común utilizar esa palabra. Teníamos el muelle: así solíamos referirnos a lo que hoy se conoce como el puerto. Recuerdo que la gente visitaba el muelle para ver los barcos; al muelle nos llevaban a pasear. A mi padre le gustaba presumirlo a familiares y amigos que llegaban de vacaciones a Tampico, sobre todo en Semana Santa. Era un lugar que mostraba nuestra fuerza y desarrollo; lo presumíamos como un sitio hermoso, parte vital de nuestra vida cotidiana, de nuestra identidad y de nuestra historia.
Para los tampiqueños, Pepito el Terrestre trabajaba en el muelle, no en el puerto.
Tampico llegó a tener un movimiento marítimo muy importante desde finales del siglo XIX hasta las primeras nueve décadas del siglo XX. Sin duda fue un puerto dinámico que generó gran riqueza a la ciudad. En los años setenta, el ingeniero Julio Rodolfo Moctezuma Cid vio hacia el futuro y empezó a trabajar en un proyecto que se conoció como el Puerto Industrial de Altamira. Con gran asertividad, tuvo la visión de construir una alternativa para que nuestra zona no se quedara atrás en la industria portuaria mundial.
Ya en esos años, el puerto de Tampico daba señales de haber cumplido —y además muy bien— su misión en el desarrollo regional. Era hora de pensar en su jubilación y construir una alternativa que ofreciera mayor capacidad para recibir las nuevas y modernas embarcaciones, que, por sus dimensiones, ya no podían navegar a lo largo de catorce kilómetros para atracar en el muelle de Tampico. Tampoco había espacio para albergar los nuevos tipos de embalaje que hoy conocemos como contenedores.
Era necesario preparar una alternativa capaz de recibir los nuevos gigantes del mar, embarcaciones que, por su tamaño, ya no podrían remontar los catorce kilómetros del canal hasta nuestro muelle. Los contenedores, nuevos dueños de la logística mundial, también exigían espacios que entonces no teníamos.
Nuestro puerto, como muchos otros en el mundo, había cumplido su misión. Desde entonces se empezó a hablar de encontrar alternativas viables para justificar su existencia y encontrarle una nueva vocación que siguiera generando riqueza en favor de la región.
En el mundo, muchos años antes, se inició una revolución portuaria reconvirtiendo la vocación de los puertos obsoletos en destinos de desarrollo turístico. Así, ciudades como Nueva York, después de la Segunda Guerra Mundial, experimentaron un declive: perdieron habitantes y su maquinaria industrial comenzó a envejecer. Varias fábricas se retiraron de los frentes de agua del río Hudson y se trasladaron hacia el cinturón urbano de Nueva Jersey. La crisis de los años 60 y 70 obligó a cerrar el astillero Navy Yard, y el puerto de Nueva York perdió importancia, dejando grandes terrenos industriales que, a la postre, darían cabida, como sucedió en 1951, a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y también a la Exposición Universal de la Feria Mundial de Nueva York en 1964.
Copiando ese modelo de reconversión, los puertos de San Francisco, Nueva Orleans, Baltimore, Boston en Estados Unidos; Puerto Madero en Argentina; Lisboa, Barcelona, Bilbao, y muchos más, transformaron sus muelles y bodegas en recintos turísticos con gran éxito. Los puertos comerciales fueron reubicados en lugares que les permitieran recibir embarcaciones de mayor calado, mayor eslora y mucha más capacidad de carga. Todos ganaron: ganaron los puertos, que se construyeron en grandes extensiones con instalaciones modernas, y ganaron las ciudades, cuyos viejos y desolados muelles ahora forman parte vital de su economía turística.
Ahora le toca a Tampico.
Desde hace algunos años debió haberse iniciado la reconversión de nuestro puerto para volver a tener nuestro muelle, donde, sin duda alguna, atracará un nuevo resplandor para esta hermosa región.
En Tampico existe un patrimonio histórico gracias a nuestra infraestructura marítima. El tiempo ha dejado en ella huellas indelebles, urbanas y culturales, que encierran sucesos que todos los puertos viejos relatan, pues por todos ellos transitaron mercancías, pero, sobre todo, personas acompañadas de diferentes culturas, religiones y esperanzas.
Hoy todas esas historias tendrían un nuevo libro donde escribirse, una ventana para mirarlas en buena compañía, en agradables espacios confortables, degustando platillos que aquí se quedaron, que llegaron en barco. Hoy nos toca llegar a nosotros.
Regresemos al Muelle de nuevo…
La reconversión del puerto es vital… Ahí está, esperándonos el futuro.