La sacudida en el aparato estatal no se detiene… y ya cruzó la puerta de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT). Lo que comenzó como una serie de ajustes en áreas clave del gobierno —Salud, SEDUMA y Comunicación— hoy confirma que la lógica del reacomodo político también alcanza a los espacios que, en teoría, deberían resguardarse bajo el principio de autonomía.
El relevo de Manuel Aguilar González en Comunicación Social de la UAT no ocurre en el vacío ni por desgaste natural. Llega, casualmente, en la antesala del mensaje político del gobernador tras su cuarto informe. El timing no es menor: cuando el discurso se afina, también se alinean las vocerías.
Aguilar había logrado mantenerse en el cargo incluso tras el cambio en la Rectoría, sobreviviendo a la transición de Guillermo Mendoza Cavazos a Dámaso Anaya Alvarado. Esa continuidad, que pudo leerse como estabilidad institucional, hoy se revela más bien como una pausa en una reconfiguración que apenas se estaba cocinando.
Su salida, más que un ajuste interno universitario, parece responder a una lógica externa: la de un tablero político que exige control del mensaje en todos los frentes. Y en ese esquema, la Comunicación Social no es un área menor, es el filtro, el relato, la narrativa oficial.
El nombre que se perfila para sustituirlo, José Torres, no llega solo: llega con vínculos políticos claros, cercano a la secretaria de Bienestar Social, Silvia Casas. Es decir, no se trata únicamente de un relevo técnico, sino de una pieza que encaja en una red de afinidades y lealtades.
La pregunta de fondo no es quién entra o quién sale, sino qué tanto margen real conserva la UAT para decidir sobre sus propias estructuras sin la sombra del poder estatal. Porque cuando los cambios universitarios siguen el mismo ritmo —y obedecen al mismo pulso— que los del gobierno, la autonomía deja de ser principio y se convierte en discurso.
Y en política, cuando el discurso no coincide con los hechos, suele haber una sola lectura: el control ya cambió de manos… o nunca se fue.