
En Tamaulipas la palabra justicia suele aparecer en cada proceso electoral como una moneda que todos quieren gastar y nadie parece dispuesto a respaldar.
El nuevo llamado de Morena para recolectar firmas en contra del exgobernador Francisco García Cabeza de Vaca vuelve a poner sobre la mesa un dilema viejo: ¿estamos frente a un ejercicio de participación ciudadana o ante otro capítulo de capitalización política?
El partido en el poder asegura que la jornada busca respaldar las investigaciones aún abiertas por presuntos abusos, desvíos y actos de corrupción durante el sexenio cabecista.
Un expediente que, más que transparente, ha sido un rompecabezas institucional: audiencias aplazadas, resoluciones contradictorias, acusaciones politizadas y silencios tácticos.
La operación de módulos en todo el estado tiene doble lectura. Por un lado, Morena muestra músculo territorial y se presenta como garante del reclamo ciudadano contra la impunidad.
Por otro, revive una herida que Tamaulipas no ha podido cerrar y que —a fuerza de ser usada como ariete electoral— corre el riesgo de perder credibilidad.
El problema no es que se pidan firmas. El problema es que el sistema de justicia no debería necesitar plebiscitos improvisados para hacer su trabajo. Si las carpetas están bien integradas, si los delitos están acreditados, si la Fiscalía y los tribunales actúan con independencia, la firma del ciudadano tendría que ser un gesto solidario, no un requisito político.
Morena camina sobre una línea delicada. Si convierte este ejercicio en una marcha triunfalista, terminará reproduciendo el mismo uso faccioso de la justicia que critica del pasado.
Si realmente quiere cerrar el capítulo cabecista, deberá demostrar que esta campaña es el inicio de un proceso jurídico serio, transparente y blindado de intereses de coyuntura.
Tamaulipas necesita que la justicia deje de ser una herramienta de presión y se convierta, por fin, en una política de Estado. Porque mientras la rendición de cuentas dependa del ánimo político del momento, los expedientes seguirán vivos… pero la confianza ciudadana seguirá muerta.