Director: Eduardo Vizcarra Cruz

miércoles 15 de julio de 2026

EL MIEDO Y LA SILLA VACÍA

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Una cosa es gobernar desde la cercanía discursiva con “el pueblo”. Y otra muy distinta es asumir plenamente el papel histórico y simbólico que implica representar a una nación ante el mundo.
¿Representar a México o proteger la imagen?
México será uno de los tres países anfitriones de la Copa Mundial de Fútbol 2026.
Y este no es un evento cualquiera.
Probablemente se trata del acontecimiento deportivo más importante, más seguido y más visto del planeta.
Un Mundial involucra acuerdos internacionales, compromisos institucionales, la coordinación entre gobiernos, ciudades sede, organismos de seguridad, infraestructura y representación diplomática ante el mundo entero.
Los países no “prestan” simplemente sus estadios.
Asumen formalmente, ante la FIFA y ante la comunidad internacional, la responsabilidad de organizar una parte del campeonato mundial.
Y esa representación no recae únicamente en gobiernos o comités organizadores.
También recae en la figura del jefe de Estado.
Por eso, a lo largo de la historia, ha sido casi obligado que el presidente, rey, primer ministro o jefe de gobierno del país anfitrión asista a la inauguración.
No acuden como aficionados.
No van por gusto personal.
Van en representación de una nación.
Representan a todos los ciudadanos del país anfitrión frente al mundo.
Por eso llama la atención la decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de no asistir a la inauguración del Mundial y optar, en cambio, por presenciar el partido desde el Zócalo de la Ciudad de México.
La decisión puede ser legal.
Puede ser políticamente calculada.
Puede incluso responder a una lógica de control de imagen.
Pero institucionalmente deja muchas preguntas.
Porque un jefe de Estado no representa solamente a quienes lo apoyan.
Representa al país entero.
Y en eventos de esta dimensión, la presencia institucional importa.
Importa por cortesía diplomática.
Importa por representación nacional.
Importa por la investidura misma del cargo.
Más aún, cuando seguramente asistirán mandatarios y representantes de otros gobiernos del mundo.
La ausencia termina convirtiéndose también en un mensaje.
Y quizá el argumento más débil sea el de evitar una posible rechifla o abucheo.
La historia demuestra que muchos jefes de Estado han enfrentado momentos incómodos en estadios, plazas o actos públicos.
Le ocurrió a Gustavo Díaz Ordaz en el mundial México 70.
A Miguel de la Madrid en el México 86.
Y ni los hizo más grandes ni más pequeños.
Simplemente entendieron que estaban ahí no como individuos ni como figuras políticas, sino como jefes del Estado mexicano.
Representaron al país con gallardía, dignidad y sentido institucional.
Mostraron templanza, seguridad y aplomo.
Porque el liderazgo institucional también implica saber enfrentar momentos incómodos sin esconderse de ellos.
Al final, la investidura exige algo más importante que la comodidad personal:
Exige presencia.
Y quizá ahí está el verdadero fondo del tema.
Escuché hace unos días en un programa radiofónico, a Julio Patán y Juan Ignacio Zavala comentar que la presidenta perdería más asistiendo que no asistiendo.
En lo personal, creo exactamente lo contrario.
Porque un jefe de Estado pierde más cuando deja de actuar como jefe de Estado.
Asistir habría significado asumir plenamente el peso institucional de representar a México frente al mundo.
No asistir transmite otra cosa:
la idea de que la preocupación por la imagen personal terminó siendo más importante que la representación institucional del país.
Y ahí es donde la discusión deja de ser deportiva.
Y se convierte en una reflexión sobre el carácter, el sentido del Estado y la dimensión histórica que exige la Presidencia de la República.
Porque una cosa es gobernar desde la cercanía discursiva con “el pueblo”.
Y otra muy distinta es asumir plenamente el papel histórico y simbólico que implica representar a una nación ante el mundo.

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