El diputado local Ismael García Cabeza de Vaca volvió a hacer ruido, no por su labor legislativa, sino por sus declaraciones: “El apellido Cabeza de Vaca sigue pesando en Tamaulipas”, presumió tras obtener el primer lugar en la votación interna para consejeros del PAN.
La frase revela mucho más de lo que aparenta. En ella se condensa una visión patrimonialista del poder que ha caracterizado al grupo político que, desde hace más de dos décadas, ha usado las siglas del PAN como trampolín personal. Hablar de “legado” o de que “todo gira alrededor de Cabeza de Vaca” no es una muestra de liderazgo, sino de la desconexión con una ciudadanía que asocia ese apellido con corrupción, persecución y abandono institucional.
Porque mientras Ismael presume herencia política, su hermano —el exgobernador Francisco García Cabeza de Vaca— permanece fuera del país, evadiendo una orden de aprehensión por delincuencia organizada y lavado de dinero, entre otros cargos. En ese contexto, decir que el apellido “pesa” es casi una confesión involuntaria: pesa, sí, pero por los procesos judiciales, las cuentas pendientes y el descrédito ético.
Durante años, los Cabeza de Vaca construyeron una red política y económica que se benefició del erario. Desde los tiempos en que Francisco fue diputado local, alcalde de Reynosa, senador y luego gobernador, el poder fue su negocio más rentable. Lo que empezó con discursos de cambio terminó en una administración marcada por la represión, el saqueo y la simulación.
Tamaulipas ya no está en los tiempos del miedo político ni de los apellidos blindados. Hoy el peso de un nombre no se mide por votos de consejeros partidistas, sino por la memoria de un pueblo agraviado. Y en esa memoria, Cabeza de Vaca no representa un legado, sino un símbolo del abuso de poder.
Así que sí, diputado: el apellido pesa
Pero pesa como lastre, no como liderazgo.