Nació en 1945, en medio del silencio de una verdad que le fue ocultada. Su madre lo abandonó a los dos años y, durante mucho tiempo, creyó que su abuela era su madre. Quizá por eso, desde muy joven, Clapton aprendió a hablar con el alma a través de cuerdas tensadas. Su destino nunca fue el ruido, sino la redención.
Eric Clapton es el único artista en la historia incluido tres veces en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Pero ese dato importa menos que lo que hizo en cada reencarnación. Con The Yardbirds fue un joven obsesionado con la pureza del blues y se marchó cuando la banda quiso sonar más comercial. Con Cream formó el primer supergrupo, donde virtuosismo, psicodelia y tormenta eléctrica convivieron sin pedir permiso. Ahí nació la leyenda del guitarrista que parecía llevar un temporal en los dedos. Y como solista fue otra cosa, más vulnerable, más humano.
En Estados Unidos le pusieron un apodo que terminó explicándolo todo, Slowhand. El nombre nació de una costumbre sencilla. Mientras cambiaba una cuerda rota, el público marcaba el ritmo con palmas lentas y pacientes. Clapton escuchó ese pulso y lo volvió filosofía. Su guitarra nunca compitió con la velocidad. En un mundo donde tantos se miden por cuántas notas caben en un segundo, él eligió el espacio entre ellas, un vibrato, una nota que respira. Su toque es líquido, melódico, cargado de pausas con intención. Influido por B.B. King, Freddie King, Buddy Guy y Robert Johnson, Clapton no copió, interiorizó, y al hacerlo convirtió el blues en un idioma que también podían hablar los ingleses, con acento de Londres y corazón de Misisipi.
Su Stratocaster Blackie es leyenda. La armó a partir de tres guitarras distintas, como si su instrumento ideal tuviera que ser una reconstrucción de partes, igual que su propia vida. La tocó durante quince años y luego la vendió en una subasta por casi un millón de dólares para financiar un centro de rehabilitación que él mismo fundó, el Crossroads Centre, su forma de convertir la caída en camino para otros.
Crossroads es más que un nombre. Es un mito antiguo del sur de Estados Unidos, el cruce de caminos donde, según la leyenda, se negocia con el diablo a cambio de un don imposible. Para Clapton ese cruce fue real muchas veces y tuvo distintos rostros, la heroína, el alcohol, la pérdida, la fama, el silencio. Allí aprendió que ningún pacto vale si no hay regreso. Por eso el cruce se volvió también hospital, escuela, refugio. Crossroads dejó de ser una amenaza y pasó a ser un verbo, volver, elegir, sanar.
Clapton conoció el infierno de las adicciones. Vivió años prisionero de la heroína y el alcohol. Subía a tocar sin saber cómo terminaría el show. Perdió amores, amistades y salud. Pero sobrevivió, y esa supervivencia se oye. Hay artistas que envejecen y otros que salvan.
Existe una canción que lo partió en dos, a él y a quien la escucha, Tears in Heaven. La escribió después de la muerte de su hijo Conor, de cuatro años, quien cayó desde la ventana del piso 53 de un rascacielos en Nueva York. Es un rezo. Clapton pregunta si su hijo lo reconocerá en el cielo. Cada palabra es mínima, cada nota infinita.
Antes de la lágrima vino la llama. Su obra está marcada por discos esenciales. Blues Breakers with Eric Clapton, junto a John Mayall, fue el aviso de que algo nuevo había llegado, el blues con furia británica. Con Disraeli Gears, Cream mostró que el rock podía ser psicodelia, peso, improvisación y virtuosismo. Layla and Other Assorted Love Songs, con Derek and the Dominos, fue su confesión amorosa a Pattie Boyd, entonces esposa de su amigo George Harrison, un grito de amor silencioso mientras todo se derrumba.
Llegaron los años solistas. 461 Ocean Boulevard marcó el regreso tras la oscuridad, con una versión luminosa de I Shot the Sheriff. Slowhand entregó joyas opuestas y hermanas, como Wonderful Tonight y Cocaine. Y Unplugged volvió íntima la redención, la voz más frágil, la guitarra más humana. Ahí Tears in Heaven encontró el silencio del mundo y llegaron seis Grammys en una noche.
Clapton ha sido admirado por todos. Tocó con The Beatles, dejando un solo inolvidable en While My Guitar Gently Weeps. Bob Dylan lo llamó para giras. Grabó un disco completo con B.B. King. Incluso Jimi Hendrix lo admiraba profundamente. Y aun así, Clapton se sintió siempre aprendiz.
Su devoción por Robert Johnson fue total. Grabó Me and Mr. Johnson para revivir canciones oscuras, endemoniadas y eternas, que le dieron sentido cuando más lo necesitaba. Ahí el cruce de caminos vuelve a aparecer como destino y como elección.
En años recientes confesó sufrir neuropatía periférica, un dolor punzante que dificulta tocar. Aun así sigue. Cuando se ha vivido tanto, detenerse pierde sentido. Clapton toca para sanar.
Hoy, cuando toma la guitarra, lo hace como si cada nota pudiera ser la última y quizá por eso su tristeza se oye incluso en las canciones alegres. Clapton nunca fue solo un guitarrista, fue un sobreviviente, un poeta del blues, un hombre que convirtió el dolor en belleza con un estilo único, incomparable, lleno de virtuosismo.
Playlist recomendado:
Layla; Tears in Heaven; Wonderful Tonight; Cocaine; I Shot the Sheriff; Bell Bottom Blues; Change the World; Crossroads con Cream; Sunshine of Your Love con Cream; White Room con Cream; Badge con Cream; After Midnight; Old Love; Presence of the Lord con Blind Faith; y, Before You Accuse Me.
Wonderful Tonight para Greis y My Father’s Eyes para Alo.