La polarización en las sociedades va en aumento. Cada día más países viven divididos, atrapados en la confrontación y el desacuerdo. El nuestro no es ajeno a ello.
He observado cómo las palabras, que deberían acercarnos, a menudo se utilizan como armas; cómo las ideas dejan de escucharse para convertirse en zanjas. Después de años de ver, escuchar y vivir innumerables situaciones; de haber conocido muchas realidades, personas y circunstancias, he llegado a comprender algo profundo: Vivimos en un mundo donde el ruido se ha vuelto constante y la comprensión escasa.
Cada vez es más común ver familias divididas, amistades distantes, silencios incómodos donde antes hubo risas. La polarización nos toca a todos; la veo, la siento, la vivo cada día, y sé que no soy el único: todos lo vivimos, de una forma u otra. La confrontación ha penetrado en los espacios más íntimos, y lo que antes unía ahora separa.
Y fue ahí, en medio de tanto ruido, cuando comprendí que la verdadera claridad no surge del mismo ruido, sino del silencio.
Desde entonces me quedó muy claro que hay personas que no escuchan para entender, sino solo para responder. No buscan un intercambio, sino una confirmación. Discutir con ellas es como hablarle al viento: uno se queda vacío, y el viento sigue igual.
Con el tiempo, uno aprende a elegir sus batallas.
Hay conversaciones que no merecen ser, como también hay personas que no están preparadas para dialogar, para comprender algo que se aparte de su propio mundo o de su idea fija de las cosas. Muchos no tienen la disposición ni la serenidad para aceptar una visión distinta a la suya.
No discutamos por discutir, ni sin saber con quién lo hacemos, porque una conversación sin apertura se convierte en charla estéril que solo nos conduce a alterarnos o a perder el tiempo.
He llegado a pensar que la madurez no consiste en tener siempre la razón. En ocasiones, se es más maduro cuando se sabe guardar silencio, y no cuando se impone una verdad. Vale más estar en paz con uno mismo que alcanzar cualquier triunfo verbal. Porque hay veces en que insistir no es valentía, sino pérdida de energía.
Con el tiempo, algunos aprendemos que retirarse a tiempo no es cobardía: es sabiduría. Es reconocer que hay diálogos que solo el tiempo podrá abrir, y que no nos corresponde forzarlos.
Finalmente, uno comprende que el silencio también habla. Callar, a veces, es el modo más digno de honrar la paz que habita en nosotros.