Director: Eduardo Vizcarra Cruz

sábado 16 de mayo de 2026

El ABC de las emociones no bastará mientras México normalice la violencia

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El “ABC de las emociones” puede terminar convertido en un programa políticamente correcto pero insuficiente si no existe una estrategia mucho más profunda. Porque enseñar emociones no resolverá por sí solo una cultura entera basada en confrontación.

 

La violencia dejó de ser una excepción en México para convertirse en paisaje cotidiano.

Está en las calles, en las redes sociales, en los hogares, en los estadios, en los espacios públicos y, cada vez con más frecuencia, dentro de las escuelas. Lo alarmante es que ya no sorprende. Se volvió parte de la rutina nacional.

Por eso la pregunta es inevitable: ¿realmente un programa como “ABC de las emociones” puede frenar una crisis social que lleva años creciendo?

La propuesta impulsada por la Secretaría de Educación Pública busca fortalecer la educación emocional de niñas, niños y adolescentes para prevenir conductas violentas dentro de los planteles escolares. En teoría, el objetivo es correcto. Nadie podría oponerse a enseñar empatía, autocontrol, tolerancia o manejo emocional.

El problema aparece cuando el gobierno pretende presentar este tipo de programas como respuesta estructural a una violencia que ya rebasó a la propia sociedad.

Porque mientras en las aulas se intenta enseñar respeto, afuera los menores observan exactamente lo contrario.

Ven agresiones en redes sociales convertidas en espectáculo.

Ven insultos políticos transformados en estrategia de comunicación.

Ven campañas basadas en odio, polarización y confrontación permanente.

Y peor aún: ven a figuras públicas normalizando la violencia verbal como herramienta de poder.

Ahí está el reciente episodio protagonizado por Alejandro Moreno Cárdenas y Gerardo Fernández Noroña, donde el debate político volvió a degradarse entre descalificaciones, provocaciones y confrontaciones públicas.

Ese es el problema de fondo.

La autoridad intenta enseñar control emocional mientras buena parte de la clase política mexicana actúa exactamente al revés frente a millones de ciudadanos.

¿Cómo pedirle a un adolescente que resuelva conflictos mediante el diálogo si diariamente observa que el insulto genera aplausos, likes, reflectores y rentabilidad política?

La violencia escolar no nace solamente dentro de la escuela.

Es producto de una descomposición social mucho más amplia.

Los maestros enfrentan alumnos emocionalmente fracturados, familias ausentes, entornos violentos, adicciones, problemas psicológicos y una cultura digital donde humillar se volvió entretenimiento.

Y además deben hacerlo prácticamente sin herramientas.

Porque hoy muchos docentes tienen miedo incluso de llamar la atención a un alumno. Cualquier corrección puede terminar grabada en video, viralizada en redes o convertida en denuncia pública.

La autoridad moral del maestro se debilitó mientras creció una generación educada entre el algoritmo, la inmediatez y la confrontación permanente.

Por eso el “ABC de las emociones” corre el riesgo de convertirse en otro programa bien intencionado pero insuficiente.

No porque sea malo enseñar inteligencia emocional, sino porque el problema es mucho más profundo.

México necesita reconstruir el tejido social completo.

Necesita recuperar la autoridad de la escuela, fortalecer a las familias, garantizar atención psicológica real, combatir la violencia digital y asumir que la salud mental dejó de ser un tema secundario.

Pero también necesita congruencia política.

No se puede hablar de paz desde el discurso institucional mientras la arena pública sigue convertida en un campo permanente de ataques, burlas y odio.

Los niños aprenden más de lo que observan que de lo que escuchan.

Y ahí está la gran contradicción nacional.

El gobierno quiere enseñar emociones positivas en los salones, mientras la sociedad entera sigue premiando la agresividad como forma de éxito político, mediático y social.

La pregunta entonces ya no es cuántos programas más se necesitan.

La verdadera pregunta es cuándo México decidirá dejar de normalizar la violencia.

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