Director: Eduardo Vizcarra Cruz

martes 30 de diciembre de 2025

Los Cabeza de Vaca ante el cerco judicial: entre el discurso de persecución y la realidad procesal

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El futuro de los Cabeza de Vaca depende del amparo que hoy revisa la SCJN. Si cae, se abre la puerta a Interpol y a la extradición.

Las recientes declaraciones de Ismael García Cabeza de Vaca, diputado local y hermano del exgobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, revelan algo más que preocupación política: exhiben la fragilidad jurídica en la que se encuentra uno de los grupos familiares más controvertidos del escenario político tamaulipeco.

Al admitir abiertamente su incertidumbre sobre el futuro legal de su hermano, Ismael García reconoce, de facto, la gravedad del momento procesal que enfrenta Francisco García Cabeza de Vaca. El punto neurálgico no es político, sino estrictamente jurídico: el destino del amparo que hoy impide su detención y que se encuentra bajo la órbita de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Su eventual revocación no sería un acto simbólico, sino una consecuencia legal con efectos inmediatos, entre ellos, la viabilidad de una ficha roja de Interpol y la activación formal de un proceso de extradición.

En ese contexto, el legislador opta por un discurso recurrente: atribuir el riesgo legal a una supuesta embestida de Morena y a una Corte que descalifica como “del bienestar” o “del acordeón”. Sin embargo, el señalamiento evade el fondo del asunto. Ninguna Corte, por nueva o reconfigurada que esté, juzga intenciones políticas; revisa expedientes, resoluciones previas y la legalidad de los actos reclamados. Si el amparo se sostiene, será por fundamentos jurídicos; si cae, será porque dejó de cumplir con ellos.

Más preocupante aún es la narrativa que Ismael García busca instalar al sostener que “cualquier ciudadano está desamparado” frente a las instituciones de justicia. Este argumento, lejos de ser un diagnóstico estructural serio, parece una estrategia defensiva orientada a desacreditar anticipadamente decisiones judiciales que pudieran resultar adversas. El Estado de derecho no se mide por la comodidad del imputado, sino por la aplicación imparcial de la ley, incluso —y sobre todo— cuando se trata de actores con poder político.

No es casual que, en paralelo, el PAN haya otorgado a Francisco García Cabeza de Vaca el cargo de “Representante en América del Norte”. Bajo una lectura jurídica, esta designación no tiene valor institucional alguno; bajo una lectura política, refuerza una estrategia de internacionalización del discurso de persecución, insinuando incluso la posibilidad de acudir a instancias externas. Una vía que, más que fortalecer su defensa, tensiona principios constitucionales relacionados con la no intervención y la soberanía judicial.

En cuanto al propio Ismael García Cabeza de Vaca, su futuro legal tampoco es ajeno a este escenario. La denuncia interpuesta ante la Fiscalía General de la República por el presidente del Congreso local, Humberto Prieto Herrera, y la llegada de una nueva titular al frente de la FGR, añaden presión a un entorno ya cargado. Su afirmación de que la Fiscalía “puede hacer lo que quiera” vuelve a insistir en la tesis de persecución, pero omite un hecho esencial: las fiscalías no actúan en el vacío, sino a partir de denuncias, investigaciones y elementos probatorios que, en su caso, deberán sostenerse ante los tribunales.

El fondo del debate no es político, aunque se intente presentar como tal. Es jurídico. Y en el terreno jurídico, los amparos no son eternos, los cargos partidistas no generan inmunidad y los discursos no sustituyen resoluciones. La familia García Cabeza de Vaca enfrenta hoy un momento definitorio: asumir el escrutinio judicial o insistir en una narrativa de victimización que, hasta ahora, no ha resuelto sus problemas legales.

En un Estado constitucional, la incertidumbre no proviene de la ley, sino de quien sabe que su situación depende de lo que digan los expedientes, no los micrófonos.

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