En el sur de Tamaulipas, la indignación creció al ver cómo una celebración navideña terminó convertida en un acto político y de poder sindical dentro de un hospital público.
La noche del martes, seguidores del líder del SNTSS, Jorge González Ortiz, tomaron las instalaciones del Hospital General Regional No. 6 del IMSS en Ciudad Madero para realizar una posada con todo y encendido de pino navideño, acompañada de pirotecnia en plena explanada.
Lo que debió ser un espacio de respeto y atención médica se transformó en un escenario festivo que bloqueó accesos, impidió el flujo de camillas y sillas de ruedas, y colocó carros alegóricos como si se tratara de una plaza pública. La derechohabiencia lo resintió como una burla: música, cohetes y autos decorados afuera, mientras adentro se lucha por la salud y la vida.
El desorden ocurrió bajo la mirada pasiva —o cómplice— de las autoridades. Trabajadores señalan la existencia de un pacto de impunidad que protege al sindicato y a su dirigente, respaldado por quienes desde oficinas centrales del IMSS permiten estos abusos.
Lo más inquietante no es solo el caos generado, sino la versión que circula en los pasillos: que el director de Protección Civil de Ciudad Madero, Ricardo Aguirre, podría ser removido no por fallas en su labor, sino porque su superior, el alcalde Erasmo González Robledo, es amigo cercano del director general del IMSS, Zoé Robledo Aburto.
Y cuando los intereses sindicales chocan con el interés público, ya se sabe quién termina perdiendo: la gente.
La institución arrastra un desgaste profundo. Lo hieren sus decisiones administrativas, lo hieren sus dirigencias sindicales y lo lastiman quienes deberían garantizar su buen funcionamiento. La indignación social no aparece de la nada; es el resultado de años de desatención y de un sistema que trata la salud como un privilegio y no como un derecho.
La posada del HGR 6 es prueba del deterioro: trabajadores sindicalizados entregados al festejo sin medir riesgos ni consecuencias; pirotecnia detonada a metros de áreas hospitalarias; accesos bloqueados; familiares relegados mientras esperaban con pacientes en sillas de ruedas o camillas.
No fue una fiesta desmedida. Fue una ofensa directa a los enfermos, a sus familias y a los trabajadores que sí cumplen con su labor en condiciones cada vez más precarias.
El episodio muestra la realidad del IMSS bajo la actual administración. Un director general que suelta frases como “mejor no enfermarse”, un sindicato que actúa con absoluta libertad y un sistema cada vez más ajeno a las necesidades de la población.
La posada no fue un error: fue un síntoma.
Un retrato puntual del deterioro institucional.
Una noche que recordó que, mientras en México la salud pública se derrumba, algunos prefieren encender luces, cohetes… y redes de poder.