El presidente municipal de Ciudad Madero, Erasmo González Robledo, ha presentado ante el Congreso del Estado una iniciativa para devolver a los municipios la operatividad del mando único, hoy bajo control estatal. En otras palabras: busca el regreso de la Policía Municipal, una propuesta que, más que innovadora, reactiva los fantasmas del pasado reciente y amenaza con devolver a Tamaulipas a sus peores momentos de inseguridad.
La relativa calma que hoy se respira en el sur del estado fue producto de un proceso doloroso: la depuración y desmantelamiento de corporaciones locales infiltradas por el crimen organizado, un costo institucional y humano que justificó la centralización de las fuerzas de seguridad. Plantear ahora la remunicipalización del mando no es un acto de autonomía, sino un retroceso político que ignora la memoria de la violencia.
Más inquietante aún ha sido la tibieza del Congreso ante la propuesta. La diputada morenista por Tampico, Úrsula Patricia Salazar Mojica, respondió con un preocupante “habrá que verlo y analizarlo”, como si se tratara de una ocurrencia más y no de una medida que podría desarmar la estructura de seguridad pública que costó más de una década reconstruir.
Por su parte, la diputada Lucero Deosdady Martínez desvió la conversación hacia reformas y exámenes de control y confianza, además de protocolos policiales con perspectiva de género. Si bien son asuntos esenciales, no responden al eje de la preocupación ciudadana actual: el aumento de hechos violentos y los señalamientos contra elementos de la Guardia Estatal. Las evasivas legislativas no hacen más que aumentar la desconfianza social.
Tamaulipas no puede darse el lujo de experimentar con la seguridad pública. La memoria institucional debe servir de advertencia: fueron precisamente los mandos municipales los que, en su momento, permitieron el avance del crimen organizado. Pretender su resurgimiento, bajo el argumento de recuperar “proximidad” o “autonomía local”, es una apuesta política de alto riesgo que ignora las lecciones del pasado.
El Congreso estatal tiene la responsabilidad de actuar con claridad y no con nostalgia. La seguridad no se negocia ni se delega a intereses municipales ni partidistas. Menos aún cuando quien impulsa la propuesta, Erasmo González Robledo, arrastra un historial de militancia priista y de alianzas políticas cambiantes que invitan a leer su iniciativa no como un proyecto técnico, sino como un movimiento estratégico.
Tamaulipas no necesita volver a construir sobre los escombros. Necesita memoria, firmeza y rendición de cuentas, no romanticismo institucional. La paz, aunque frágil, no puede ser el precio de la ambición política.