Mientras el cielo se vuelve plomo y el olor a tierra mojada se mezcla con el del río que crece sin pedir permiso, cientos de familias en Tamaulipas y Veracruz viven horas largas, vigilando el cauce como si pudieran detenerlo con la mirada. No es la primera vez, pero cada vez se siente más cerca.
En Altamira, el rugido del río Tamesí no es solo un sonido de fondo. Su corriente, alimentada por el Guayalejo, se ensancha como una serpiente inquieta. Las casas en sus márgenes, humildes pero resistentes, ahora parecen flotar sobre la incertidumbre. El gobernador Américo Villarreal Anaya lo ha dicho con claridad: la ventana crítica son las próximas 72 horas. Y ese conteo, más que técnico, se vive con cada trueno, con cada nueva ráfaga de viento.
La amenaza no viene sola. A la crecida de los ríos se suma un enemigo silencioso: la marea alta. Cuando el mar se alza, impide que los ríos desagüen como deberían, atrapando el agua en las lagunas y convirtiendo cada charco en una advertencia.
En Ciudad Madero, el río Pánuco se vigila como un reloj sin manecillas. Protección Civil no duerme, y unas 500 familias que viven en la ribera saben que cada gota cuenta. Ricardo Aguirre, el titular municipal, ha explicado que un posible fenómeno de “norte” —ese viento del Golfo que puede empujar el agua hacia tierra firme— haría del desbordamiento no una posibilidad, sino una urgencia.
En Pánuco, Veracruz, el agua ya ha tocado al emblema local: el malecón Agustín Lara. Los escalones han desaparecido bajo los siete metros de agua que han borrado momentáneamente las zonas de recreo. La estructura que vio competencias de canotaje ahora solo observa una lucha silenciosa contra una naturaleza que no pide permiso.
Protección Civil ha cerrado los accesos al malecón. El mal tiempo no es espectáculo, aunque la gente lo mire con la esperanza de que no llegue a más. “Tengan a la mano sus documentos, escuchen las recomendaciones, prepárense para evacuar si es necesario”, repiten las autoridades. Pero entre la recomendación y la realidad hay algo que no cabe en ningún protocolo: el miedo de perder lo poco que se tiene.
Aún no ha llovido lo peor. Las nubes siguen cargadas, el aire pesa distinto y los teléfonos no paran de sonar. Pero en medio de la tensión, también se asoman gestos que dan esperanza: vecinos que ayudan a reforzar bardas, madres que preparan mochilas de emergencia y niños que aún ríen sin entender del todo lo que pasa.
La naturaleza, otra vez, pone a prueba la resistencia del noreste mexicano. Y una vez más, el pueblo la enfrenta con lo que tiene: vigilancia, unidad y un corazón que late al ritmo del río.